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Volví.

Sí. Qué pena con ustedes.
…Me dijo Laurita.
El viaje infinito.

Una vez terminada la siesta, Aris-Tórtugalez dedicaba sus tardes a leer como su el mundo fuera a acabarse. Para él no había una mejor manera de terminar el día. Los libros coloreaban su solitaria existencia. Podía durar horas y horas hundido en su gran sillón saltando entre una historia y otra, podían dolerle los ojos de vez en cuando, pero en su rostro siempre se dibujaba una gran sonrisa. Cada libro era un mundo único e irrepetible. Aris-Tórtugalez quería conocerlos todos, vivirlos, recorrerlos, sentirlos. Y en su gran biblioteca podía hacerlo. En su gran biblioteca podía entregarse a ese viaje infinito, que estaba siempre lleno de fantásticas y extravagantes aventuras. Entonces Aris-Tórtugalez volvía a sentirse niño, volvía a sentirse pleno, vigoroso y valiente. Entre los libros, la inminente vejez que lo asechaba y a la que tanto le temía apenas le hacía cosquillas. Entre los libros nada le importaba. Entre los libros, Aris-Tórtugalez era todo emoción, todo vida.


Y cada noche, después de todos esos largos viajes, Aris-Tórtugalez regresaba lentamente a su habitación. Caminaba con mucha cautela, pues sus cansados ojos ya fallaban. Voy a tener que comprar ya un bastoncito de esos que los ciegos usan, pensaba. Aprovechaba para mirar al cielo y ver el sol caer, mientras millones de recuerdos daban vueltas en su cabeza. Aris-Tórtugalez volvía a sonreír, y sus ojos brillaban con la luna. Uno que otro suspiro impregnaba el largo pasillo que unía la gran biblioteca con la habitación. Con la noche siempre llegaba la nostalgia. Con la noche siempre llegaban las ganas de volver atrás, de detener el tiempo, de vivir en la fantasía, de ser nuevamente aquel niño pleno, vigoroso y valiente que un día fue. Pero ya con los pies sobre la tierra, Aris-Tórtugalez se entristecía, pues recordaba que sus días estaban acabando. Aún así se acostaba tranquilo y sereno, con la esperanza de ver el sol salir de nuevo. Se acostaba con la esperanza de poder conocer, vivir, recorrer y sentir todos aquellos mundos que aún estaban ahí, esperándolo.

Lloverán las sonrisas.

La imaginación es el arma más poderosa que tiene la humanidad para salvar el mundo.

Mis dedos traquean mientras bostezo salvajemente. Tengo boca de hipopótamo. Vuelvo a bostezar. Parpadeo. Me sonrío. Pienso. Añoro los días de pseudo-barba. Rasco mi cabeza. Vuelvo a pensar. Estoy tan desesperado como Jimmy Neutrón: piensa, piensa, piensa. Intento inventar cosas.

Quiero escribir cuentos, a lo mejor tendrán más sentido que todo esto. A lo mejor aprenderé cosas nuevas. Pero no son cuentos para grandes, son cuentos para niños. Quiero volver atrás y pensar como cuando tenía 5 años, e imaginar mundos imposibles y absurdos. Como que exista una lenteja que viaje por el universo, y que se haga amiga de otros vegetales y granos extraterrestres. Un brócoli morado con ojos saltones, o tomates carnívoros plutonianos. Yo que sé. Quiero levantarme todos los días y vivir maravillado con mi gran imaginación, y compartirla con todos.

El mundo se había transformado en caos. Mientras tanto nuestro gran SuperJuan observaba atento desde la luna. Miles de destellos en todos los rincones. Y nuestro gran SuperJuan pensaba: Miércoles, ¿cómo hago pa’ ayudarle a toda esta gente? Claramente esos destellos en todos los rincones no son simplemente pirotecnia. ¡Son muchas bombas! Y yo no tengo super velocidad para ir de un lugar a otro sin problemas. Mientras salve a algunos otros morirán. ¿Quién podrá ayudarme? ¡Yo no soy en realidad un superhéroe! Simplemente tengo un disfraz, que por cierto es muy incómodo. Pica mucho. Con la sola super fuerza de la voluntad nada puedo hacer por los otros humanos.

Y mientras nuestro gran SuperJuan seguía en su dilema, veía cómo otros superhéroes no tan chéveres como él, llegaban desde los lugares más recónditos del universo para salvar al planeta tierra de la destrucción. Eran miles, y luciendo todos exóticos y coloridos atuendos, mucho mejor elaborados que los retazos de tela que nuestro gran SuperJuan llevaba encima. Esto, claramente, bajó más su autoestima: ¡Ahora sí me jodí! Cuál gran SuperJuan ni qué ocho cuartos, estúpido narrador. ¡Mire a todos estos manes! Tienen disfraces bonitos, en cuero y que tales. Además son todos super fuertes y super poderosos, en cambio yo ni siquiera sé como salir de aquí, ¡ni siquera sé cómo llegué a la luna! ¿Acaso usté, estúpido narrador, me puso aquí con sus palabras? En los cuentos es usté quien controla la historia. ¿Fuera tan amable de decirme por qué quiso que yo estuviera aquí y no en Metrópolis o Nueva York como Supermán o El Hombre Araña? Le estaría muy agradecido.

Soy un zombi.

I don’t want to write like you I don’t want to write like you I don’t want to write like you I don’t want to write like you.

That’s why I barely read that’s why I barely read.

Quién sabe qué es lo que busca el mal en los corazones de los hombres.
Mandy (De Las Sombrías Aventuras de Billy & Mandy).
Tantán pumpúm. Tantán pumpúm. ¡Son las onomatopeyas musicales! Tantan pumpúm. Tantán pumpúm. Son ideas sonoras simples. El uso básico de un ‘drum machine’. ¿Cómo hacer para ir más allá de lo básico? Pensar en cosas diferentes, interesantes. ¿Qué es algo interesante? ¿Qué es algo creativo? Una mente pobre no se hace esas preguntas. Una mente pobre sólo se preocupa por comer, dormir, ver televisión e ir al baño. No más. (Pido un espacio para pensar) En la luna no hay gravedad. O sea que uno vuela. Tantán pumpúm, tantán pumpúm. En la luna uno vuela. ¿Es la vida una cosa exclusiva de este planeta? ¿Quién se inventó la música, para ir y darle un abrazo? Tantanpúm tantanpúm. ¿Quién se inventó el Bom Bom Búm? ¿Por qué el mundo no puede ser un gran país? 

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